23 Abril 2020
Lo que conocíamos como estabilidad, se ha derrumbado poco a poco hasta quedar en escombros. La ilusión de que el modelo económico, político y comercial era capaz de controlar todos los imponderables, quedó reducido a cuarentenas obligatorias, millones de enfermos en el mundo y miles de muertes acumuladas por algo que nadie se esperaba: una pandemia.
Estamos en la era digital, donde muchas de las cosas que hacemos y creamos se hacen de manera virtual, es decir, quedan registradas como algoritmos y códigos que han transformado la vida de manera radical. Pero así como no son visibles estas redes, tampoco pudimos ver al SARS-COV-2, que se ha convertido en la peor amenaza que ha surgido para un sistema en decadencia pero con la suficiente fuerza para resistir este tipo de ataques -o al menos eso nos hacen creer-.
Atrás quedaron las etapas de abundancia y frenesí para el comercio internacional y sus cadenas de valor. El intercambio de mercancías entre países de cualquier parte del mundo, marcó la tendencia y materializó al concepto de globalización, que además prometía el paraíso para una sociedad que de a poco, sus miembros se fue convirtiendo en consumistas insaciables y que generó una riqueza inimaginable –y a su vez una desigualdad aberrante-, incomparable con cualquier momento de la historia de la humanidad.
En tanto que esto pasaba, el modelo económico justificó su éxito con números positivos en los indicadores macroeconómicos, pero se olvidó de la seguridad social y ahora la pandemia se lo echa en cara con sistemas de salud colapsados, algo que apenas y se veía en las películas de ficción apocalípticas de Hollywood.
"Parece que estamos presenciando una amplificación de las fracturas que han estado socavando el orden internacional durante años", afirmó el ministro francés de Relaciones Exteriores, Jean-Yves Le Drian, en una entrevista con el diario Le Monde. Y agregó: "Mi temor es que el mundo de después sea similar al de antes, pero peor".
Esto es lo más probable, dado que no hay ningún modelo alternativo lo suficientemente sólido y convincente, como para que algunos países del mundo –los más avanzados por supuesto- adopten una postura diferente a la de la era pre-coronavirus. "Ninguna gran potencia saldrá más fuerte de esta crisis, ya sea como Estado o modelo", pronosticó la Fundación de Investigación Estratégica (FRS).
Tampoco se ve un futuro diferente para la política y las ideologías que se disputan el poder. Hablando de líderes globales, Donald Trump ha dejado de lado los buenos modales y se ha convertido en un presidente que pareciera solo le importa su popularidad, hacer escándalos mediáticos en redes sociales y desafiar a sus rivales naturales: China, Rusia, Irán, Corea del Norte y ahora hasta la Organización Mundial de la Salud es su enemigo ante la pandemia.
Con este escenario de disputas diplomáticas, comerciales y con una postura poco colaborativa de ciertos gobiernos para enfrentar de manera conjunta la crisis que estamos viviendo y que perdurará por un largo periodo, es más probable que aumente la radicalización de ideas supremacistas en ciertos sectores sociales, que resurjan los resentimientos raciales; que la discriminación y la intolerancia tomen fuerza, incluso provocando ataques masivos, algo que ya venía creciendo antes de la COVID-19 precisamente impulsadas por las actitudes de ciertos mandatarios.
Pero hay un tema que puede ser fundamental para el futuro cercano de la humanidad. La tecnología y la era digital hiperconectada han jugado un papel fundamental en este periodo de cuarentenas e incertidumbres, ya sea para ofrecer diversión, para establecer comunicación con otras personas y en algunos países de Asia, en cuestiones de políticas públicas para vigilar a los enfermos y posibles contagiados de coronavirus.
De acuerdo a dijo al escritor Yuval Noah Harari, autor del best-seller Sapiens, "antes, cuando tu dedo hacía clic en un enlace en tu smartphone, el gobierno quería saber cuál era ese enlace. Ahora el gobierno quiere saber la temperatura de tu dedo y la presión sanguínea bajo tu piel".
Y agrega: "Si no tenemos cuidado, la epidemia será un hito en la historia de la vigilancia. No sólo porque podría normalizar el uso de los instrumentos de supervisión masiva en países que hasta ahora los rechazaban, sino también y sobre todo, porque marcaría una transición drástica hacia el seguimiento subcutáneo".
Cada uno tendrá una perspectiva de lo que nos puede deparar el futuro inmediato, pero lo cierto es que la pandemia entró por la puerta de atrás del sistema político-económico y sin que se dieran cuenta, lo atacó por su parte más vulnerable –la sociedad- provocando un colapso generalizado de todos sus componentes y dejándolo prácticamente en terapia intensiva, de la cual algunos países no podrán recuperarse.