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El Blog de Daniel Higa Alquicira

Aumenta el rechazo y la desconfianza hacia las vacunas contra COVID-19

Aumenta el rechazo y la desconfianza hacia las vacunas contra COVID-19

La humanidad sigue buscando respuestas y soluciones para enfrentar la pandemia de CODVID-19, que sigue golpeando a prácticamente todo el mundo. El aumento alarmante de contagios y de hospitalizados, aunado al descubrimiento de cepas más peligrosas del SARS-CoV-2, han coincidido con la aprobación y el comienzo de la vacunación en algunos países.

Esto era uno de los momentos más esperados de los últimos meses, sin embargo poco a poco la esperanza de poder controlar la pandemia a partir de algún fármaco novedoso, se ha convertido en desconfianza y aumenta el sentimiento de rechazo en algunos sectores de la sociedad hacia las vacunas disponibles.

Más allá de los movimientos antivacunas, en los EEUU ha comenzado otro movimiento de rechazo impulsado por algunos miembros del personal sanitario que está en la primera línea de batalla en contra de la COVID-19. En algunos hospitales de Texas, California, Ohio y Nueva York, grupos de trabajadores y profesionales del sector salud han decidido no vacunarse.

El argumento que ponen sobre la mesa es que no confían en las vacunas. En general les preocupan los efectos secundarios y además, consideran que la política ha influido de manera negativa en el desarrollo de los antídotos.

Poca transparencia

Pero no son los únicos en pensar esto. Els Torreele, una científica belga del Instituto para la Innovación y la Utilidad Pública del University College de Londres, considera prácticamente lo mismo: que nadie puede asegurar la efectividad de las vacunas y la urgencia de los gobiernos para desarrollarlas, crea un agujero negro en el proceso de investigación.

“Hay mucha presión desde la economía y la política para empezar ya a distribuir una vacuna”, asegura la científica, además de que “hay una competición entre las agencias reguladoras… Esa competición y la falta de transparencia sobre los datos completos hacen desconfiar. Si tuviéramos transparencia total, todo el mundo podría ver los datos y entender las decisiones o estar en desacuerdo con ellas”. 

Esto en el sentido de que al menos la vacuna de Pfizer y BioNTech, además de que tiene una avidente complicación logística para su distribución, “se autorizó en el Reino Unido sin más datos publicados que los de una nota de prensa de la empresa. Es inconcebible. Se supone que los organismos reguladores defienden el interés público, pero no hay transparencia”, asegura  Els Torreele en una entrevista para el periódico El País.

Además, la científica belga toca un tema trascendental: el negocio. “Lo que vemos ahora con la COVID es una oportunidad para crear un modelo de negocio muy lucrativo”, que evidentemente beneficie a los laboratorios y a las empresas en un mercado global, arrollando a su paso las políticas de salud pública.

¿Vacunación obligatoria?

Con todo esto y el hecho de que el personal sanitario en los EEUU rechace las vacunas, también nos lleva a un escenario de discusión desde un plano ético y de responsabilidad social. Las preguntas que ahora surgen es sobre la necesidad de que los gobiernos implementen o no programas obligatorios de vacunación contra COVID, algo que para muchos iría en contra de los derechos de las personas.

Pero Alberto Giubilini, investigador sénior del Centro Uehiro de Ética Práctica de la Universidad de Oxford, hace una interesante analogía: “Las políticas del uso obligatorio de cinturones de seguridad han demostrado ser muy exitosas para reducir las muertes por accidentes automovilísticos”, por lo que propone, “deberíamos ver a las vacunas como cinturones de seguridad contra el COVID-19. De hecho, como cinturones de seguridad muy especiales, que nos protegen y protegen a los demás”.

Tema político

Sin embargo esto es un riesgo que los gobiernos -donde existe un modelo democrático- no quieren asumir. “En una democracia liberal, forzar la vacunación de millones de ciudadanos jóvenes y saludables que se perciben en un riesgo aceptablemente bajo de COVID-19, será éticamente disputado y políticamente riesgoso”, asegura Vageesh Jain, miembro académico clínico en Medicina de Salud Pública del Instituto Nacional de Investigación en Salud del University College London.

Finalmente, tal vez todo es un tema de definición burocrática. Ya que como afirmó esta especialista en una entrevista para la BBC, al menos en Inglaterra “la vacunación obligatoria puede estar justificada para enfermedades graves y altamente contagiosas”, una clasificación en la que por lo menos en ese país, la COVID-19 no puede entrar debido a “su tasa de letalidad relativamente baja”.

Así, con una incertidumbre mayor sobre la efectividad de las vacunas, la pandemia sigue avanzando y con números realmente escalofriantes, pero sobre todo sin ninguna posibilidad -al menos en el corto plazo- de detenerla, salvo confiar y cumplir las normas de distanciamiento social que cada país imponga.


 

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