26 Septiembre 2013
Andaba cada uno por su lado, muy alejados y por caminos distintos; pero una vez que se juntaron su efecto fue demoledor. Como una historia de pasiones desbordadas, “Ingrid” y “Manuel” desfogaron sus energías sin control ante el asombro de todo el mundo. Su lio pasional sumió a casi todo el territorio mexicano en un diluvio monumental y México vive ahora una de las peores catástrofes naturales de su historia reciente.

Según cifras del gobierno federal, van 24 estados y 371 municipios afectados. Son más de 139 muertos, 68 personas desparecidas–pero estas cifras aumentará en los próximos días-, 58 mil personas evacuadas, se han establecido 574 albergues para resguardar su seguridad y 927 centros de acopio para recaudar víveres y medicina para repartir entre los afectados. Con pérdidas materiales incalculables todavía.
Daños mortales
Las historias son terribles. Más de 45 mil turistas –algo nunca antes visto- varados en Acapulco sin poder salir del lugar. Comunidades enteras de Oaxaca, Veracruz, Guerrero, Sinaloa, Colima y Nayarit –entre otros estados- incomunicadas totalmente. La Autopista del Sol, uno de los emblemas del desarrollo carretero del salinismo, quedó desecha en muchos de sus tramos y la comunidad de La Pintada, municipio de Atoyac, prácticamente desapareció luego del deslizamiento de un cerro.
A nivel humanitario, los costos son enormes. Miles de familias se quedaron sin nada, la mayoría de los afectados no tienen alimentos ni agua potable; las alertas ante brotes epidemiológicos están ya su fase más peligrosa y no hay manera de atender a tantos lugares al mismo tiempo.
Pero aquí cabe hacer una pausa y reflexionar acerca de qué es lo que pasa año con año cuando se acercan este tipo de fenómenos naturales. Más allá de que fue una situación extraña que se juntaran una tormenta tropical y un huracán sobre territorio mexicano, cosa que aumentó drásticamente su poder, hay situaciones que se repiten y que no cambian en México.
Acciones de prevención
Según el Sistema Meteorológico Nacional, emitió una alerta el miércoles 11 de septiembre anunciando la llegada de estos dos fenómenos naturales y los daños que podrían causar. Al parecer, los estados no hicieron caso de este aviso y no tomaron acciones para disminuir los daños materiales y humanos.
Algunos estados como Veracruz, Guerrero, Tabasco, Tamaulipas y Oaxaca, han sido los más afectados año con año en la época de huracanes y tormentas tropicales; sin embrago, pareciera que ni las autoridades ni la propia ciudadanía aprenden de estos hechos y siguen sufriendo daños y afectaciones –en mayor o menor medida- que para muchos expertos son predecibles y evitables.
Entramos pues al mismo terreno en donde se empantana todo en México. Ángel Aguirre señaló hace unos días que en su estado hubo y hay, actos de corrupción para crear asentamientos irregulares y construcciones que no se apegan a los reglamentos vigentes.
Es decir, actos de corrupción que comúnmente se dan en todo los estados del país y cada vez que sucede una desgracia de este tipo, todo el mundo se pregunta ¿pero cómo es posible que los hayan dejado construir ahí? Ahí donde es el cauce natural de un río o la salida del agua que viene del cerro; o un área pantanosa que filtra y detiene los afluentes para evitar inundaciones, etc. Pues ahí se construye gracias a que “siempre hay alguien que soluciona las co$a$”.
Luego viene el factor de la pobreza como un detonante peligroso. Pueblos alejados en donde no hay infraestructura para llegar a ellos, solamente los conocemos cada vez que quedan bajo el agua o los deslaves de los cerros. Comunidades que no tienen forma de ser contactados en situaciones normales, en condiciones de una emergencia de este tipo quedan a “la buena de dios” porque no hay posibilidades de llegar a ellos, ni por tierra ni por aire.
De esta forma, es lamentable lo que ocurre en el país a causa de “Ingrid” y “Manuel”, pero es aún más lamentables que esto lo venimos viendo año con año –con “Paulina”, con “Gilberto”, “Kenna”, “Emily”; “Wilma”, “Dean”, entre muchos otros- y no hay mecanismos ni estrategias oficiales que ayuden a minimizar los daños materiales y humanos. No podemos hacer nada para frenar el poder y el impacto de estos fenómenos naturales, pero si se puede prevenir y disminuir sus efectos en la población.
Responsables de las desgracias
Los gobiernos estatales deben de ser más responsables en esto y actuar a tiempo. Desarrollar medidas que permitan a la población tener más certeza de que estarán más seguras en un refugio que en sus casas, que sus propiedades serán rehabilitadas si sufren algún daño –del tamaño que sea-; crear modelos de protección civil donde se eduque también a la población para saber qué hacer ante una amenaza de este tipo y no quedarse en sus casas o poblados sin tener ninguna opción para salvar sus vidas. Castigar los casos de corrupción, abusos de poder o negligencia para construir en lugares inseguros.
En alguna entrevista el ex titular de la Comisión Nacional del Agua, José Luis Luege Tamargo, señaló que pareciera que algunos gobiernos estatales hacen de estos desastres “un gran negocio, al recibir año con año dinero del Fondo para Desastres Naturales (Fonden)”; una declaración muy atrevida pero que en el fondo no sería descabellado pensar que los gobernadores “sacan raja del leño partido”.
Ya para terminar, “Ingrid” y “Manuel” provocaron algo que muy pocas veces se había visto. Más de 45 mil vacacionistas sufrieran en carne propia los efectos devastadores de un fenómeno natural de estas características.
Desde la comodidad de las casas citadinas vemos que siempre son los pobres, los que viven en comunidades alejadas los que sufren; pero ahora fue un duro golpe para la clase media sentir que también somos vulnerables por más que nos hospedemos en hoteles de 5 estrellas… una gran enseñanza para todos.