Como ya lo esperábamos, el Tribunal Electoral falló a favor de la legalidad de las elecciones y por lo tanto le otorgó la constancia de mayoría que acredita oficialmente a Enrique Peña Nieto como el nuevo Presidente de México y que tomará posesión el próximo 1 de diciembre.
Mientras esto sucedía, Felipe Calderón pulía los documentos que entregó como parte de su sexto informe de gobierno y con el que termina una era política en la que se creyó que era la materialización de la democracia y en donde los blanquiazules fueron la alternancia en el poder luego de 70 años de gobiernos priísta.
Ahora se da otra nueva alternancia en el poder –aunque para algunos representa un retroceso-. El PAN gobernó por 12 años y deja la silla presidencial en el contexto de un país en donde su principal preocupación y su máxima deuda social siguen siendo las consecuencias producto de “la lucha contra el crimen organizado”, que fue el rasgo distintivo de la administración de Felipe Calderón.
Sin ser tan polarizado el ambiente como en el 2006, seguimos teniendo michas voces que están en desacuerdo con los resultados del proceso electoral por los métodos utilizados por el partido ganador; y en su contra parte, por la actuación de AMLO al desconocer el falló del TRIFE y mantener una postura que muchos sienten y califican como amenazante.
Lo cierto es que –aunque parezca difícil de visualizar-, técnicamente casi 30 millones de mexicanos votaron por un cambio. Con los más de 16 millones de votos a favor de EPN y los poco más de 13 millones a favor de AMLO; la sociedad quería y necesitaba algo diferente a lo que el PAN ofreció en sus 12 años en el poder.
Si esto se viera desde la frialdad de los números, significaría que en México el sistema democrático funciona. Lo malo, es que en la práctica, hay muchos vicios que siguen operando como métodos infalibles para conseguir electores y que además, representan lo tiempos más oscuro de la época autoritaria del “antiguo” régimen priísta.
Pero hay dos factores que hay que destacar. El primero es que, contrario a lo que sucedió en 2006, la izquierda empieza a asumir su papel de oposición y tiene la intención –aunque esto no significa que vaya a ser así- de jugar un rol relevante desde el escenario que es el contrapeso natural al Presidente: el Congreso de la Unión.
Es decir, parece que ya dejaron atrás la idea de que tomar la tribuna a la fuerza significa ser muy responsable y ahora –parece ser-, están tratando de llevar el modelo planteado por su candidato presidencial para transformarlo en iniciativas legislativas que a la postre se puedan convertir en leyes y sirvan de base para cambiar el país desde esa trinchera política.
Si esto llega a suceder, entonces estaríamos en las puertas de algo que debió haber sucedido hace 12 años. En lugar de soñar con la banda presidencial, los partidos tendrían que haber hecho su labor en el Congreso, trabajar desde ahí para fortalecer la democracia y transformarse en órganos políticos capaces de visualizar su responsabilidad social más allá del poder absoluto de la figura del presidente.
También los ciudadanos –y no importa por quien voten- debemos de entender que no se pierde todo si en este caso AMLO no ganó y tampoco serán súper poderosos todos aquellos que votaron por EPN.
México necesita que la sociedad actúe constantemente, que exija a los políticos que trabajen en favor de las personas; obligar a los diputados y senadores a impulsar y aprobar iniciativas y leyes que mejoren considerablemente la calidad de vida de todos; pero sobre todo, hacerle sentir al nuevo Presidente, a su gabinete y a todos los que ocupen cargos de elección popular, que son nuestros empleados y que por lo tanto, nosotros como sociedad, podemos y debemos presionarlos para que hagan su trabajo y premiarlos si lo hacen bien y castigarlos no es así.
No tenemos porque sucumbir ante la idea de que los poderosos son los políticos. Si queremos tener un mejor país, debemos de comprender que el poder lo tenemos nosotros –los ciudadanos de a pie-, los que vivimos a diario con todo lo bueno y lo malo que pasa en el país. Ellos, los políticos, están ahí para resolver esos problemas, para buscar soluciones y para trabajar por y para nosotros.
Suena complicado y utópico, pero en la medida en que asumamos esto como cierto, en esa medida se acabarán los líderes charros, los caudillos, los elegidos, los mesiánicos y los corruptos. Ellos son así porque lo hemos permitido y porque nos gusta creer que alguno de ellos es nuestro salvador.
No. Para salvar a México de todo lo malo que pasa con su clase política basta con que nos pongamos a trabajar y a exigir. Pero con propuestas reales, con organización, con métodos útiles y con calidad de ideas. Gritar, enojarse y hasta marchar, es bueno pero no cambia nada. Podemos ser miles de cientos en las calles y esto no impacta ni hace tambalear a los “poderosos”.
Estamos a punto de iniciar una nueva transición el poder político y ya no debemos desperdiciar un sexenio más tratando de creer que los políticos van a cambiar y van a hacer mejor las cosas de cómo lo vienen haciendo.
Se necesita pues ideas, valor y responsabilidad para que la sociedad haga cambiar a este país. Los partidos pueden traspasarse el poder, algunos políticos van a desaparecer y otros van a ocupar su lugar, pero lo único cierto es que la sociedad seguirá siendo y sufriendo por todo aquello que no se atreva a cambiar…